“En esas tierras”, el nuevo cortometraje de Nayra Sanz

Cualquier fruto sabe mejor si uno conoce la historia de donde proviene”, decía el gran autor gallego Álvaro Cunqueiro. Estas palabras se convirtieron en el impulso que ha concebido En esas tierras, el nuevo trabajo de la cineasta Nayra Sanz tras su celebrado Sub Terrae (2017), una pieza que se ha podido ver en la sección nacional de cortos documentales del certamen Documenta Madrid 2018.

La cineasta viaja a una localización en la que, junto a unos limoneros, se está construyendo una iglesia en la que están presentes obreros de todas las nacionalidades: árabes, latinoamericanos, españoles… Una suerte de torre de Babel que viene a convocar muchas otras realidades, irónicamente vinculadas al gesto que persigue el cortometraje: recuperar la historia de un solo fruto.

De repente, la directora contempla cómo aquellos árabes que habían introducido el limón en la Península Ibérica son, de algún modo, los mismos que trabajaban ahora aquellas tierras. Una historia cíclica que el cortometraje va a simbolizar en el movimiento de un caracol atravesando los frutos del limonero, una imagen que confronta ese tiempo cíclico de la naturaleza con el tiempo del trabajo de aquellos obreros, provenientes de tantas culturas distintas, dos tiempos enfrentados que vienen a poner en imágenes el tiempo del mundo.

Para la autora, la carcasa del animal recuerda al eterno retorno de Heráclito, a esa idea de que todo está condenado a regresar. El rastro invisible que dejaba el caracol es quizá la gran metáfora: aparentemente nada está construyendo historia, pero todo deja una estela. Quizás sea el gran desafío aún del cine, ese intento por atrapar los rastros invisibles, o al menos por tratar de seguir su rastro. Y en ese desafío Nayra Sanz ha revelado toda sus fortalezas como narradora: su capacidad de sugerir historias sin palabras, presente con fuerza en su anterior trabajo, resuena aquí en imágenes menos preocupadas por su impacto visual pero, sin embargo, de mayor potencia narrativa. De alguna manera, en cada gesto cotidiano que retrata la cineasta pueden encontrarse impresos siglos de historia.

El cortometraje parte de recuperar la historia de un fruto para tratar de entender cómo construimos los símbolos, y cómo esos símbolos conforman nuestra identidad. La propuesta de Nayra Sanz se centra en el deseo de romper con las narrativas hegemónicas, como aquel relato de la Reconquista que era impuesto a los escolares en la infancia de la cineasta, donde lo único importante era expulsar a los moros de la Península. La pieza cinematográfica establece una reflexión sobre cómo se conforma nuestra historia y nuestra memoria, sobre la necesidad de repensarnos, sobre el hecho de que en realidad nuestras identidades son múltiples y diversas, y que no son sólo los símbolos de nuestro propio país los que construyen quiénes somos.

En un gesto final que muestra la timidez de la autora tanto como su lúcida capacidad de observación, la cámara permanece alejada de ese grupo que ha madrugado para recoger la fruta, compuesto una vez más por los herederos de tantas otras culturas a los que sólo les interesa encontrar un porvenir, una tierra prometida de la que han sido expulsados. Igual que ocurre con esa estela que deja el caracol, apenas imperceptible, el cortometraje se propone registrar la estela invisible del mundo.

Crítico en la revista Caimán, Cuadernos de Cine, máster en Crítica Cinematográfica por la ECAM, colaborador en la Revista Magnolia y creador de La Butaca Azul, web que propone itinerarios y sugerencias a través del cine contemporáneo. Titulado en órgano moderno, composición y armonía, combina la actividad crítica con su trabajo como piano solista y compositor para medios audiovisuales, desde bandas sonoras para el cine hasta el mundo publicitario.