Rodaje de La Viajante, de Miguel Ángel Mejías

Óscar Santamaría, ayudante de dirección, y Miguel Ángel Mejías, durante la penúltima jornada de rodaje en Fuerteventura

Vamos a hacer otra toma”, dice el director Miguel Ángel Mejías, durante la penúltima jornada de rodaje de La viajante, su primer largo. El equipo se ha trasladado a Fuerteventura después de atravesar Tenerife y Gran Canaria en busca de los lugares perfectos en los que poder situar esta road movie que ha convertido en la primera película producida gracias a las ayudas del Gobierno de Canarias convocadas en 2017, tras casi seis años de ausencia. La productora Digital 104 se ha lanzado al vacío y ha producido su ficción más ambiciosa hasta la fecha, la más costosa pero también en donde se han puesto mayores ilusiones, mayor dedicación, todo el amor posible por un proyecto por el que el equipo al completo parece tener una fe ciega.

Fuerteventura era el emplazamiento idóneo para terminar porque la película atraviesa el desierto, un lugar indeterminado, un no-lugar si se quiere, en el que la protagonista femenina, encarnada en la actriz Ángela Boix, pueda encontrarse a sí misma por el camino. El plano es sencillo: una pequeña unidad se ha situado sobre una colina para poder hacer una toma general del camino de tierra que atraviesa el desierto, convertido ahora en una tímida línea en el horizonte. La protagonista baja del vehículo y camina en línea recta en dirección al desierto. En esa sencillez de la secuencia se ocultan las capas de un relato que se ha construido sobre una generosa base literaria, gracias al trabajo de escritura que Amanda Lobo y el propio realizador han vertido sobre un guión que, situado en un aparente futuro cercano, distópico y peligrosamente real al mismo tiempo, no deja de revelar numerosas referencias a las grandes novelas del género de ciencia-ficción. Un hermanamiento arriesgado, el de la road movie y el deseo de aventurar el futuro, pero también indudablemente hermoso.

Y sin embargo, a pesar de ese denso poso literario, el director pide otra toma. La secuencia ha sido limpia, la actriz ha salido del coche y ha llegado al punto de referencia, pero Mejías necesita repetir. Sí, todo está concebido como una suerte de reescritura de las influencias más personales y queridas del autor, pero a pesar de ello el cineasta no pierde de vista que el gesto cinematográfico es en el fondo una coreografía, un danzar continuo y silencioso que la cámara recoge con especial indiferencia, y que es misión del cineasta encontrar la diferencia, devolverle a ese gesto su alma. “Vamos a hacer otra toma”, dice el director. La actriz regresa al vehículo, sale de él y termina perdida de nuevo en la inmensidad del desierto. Entonces Miguel Ángel aparta los ojos del monitor, alza la vista, mira al resto del equipo y asiente.

El actor Miquel Insua en un momento del rodaje

Crítico en la revista Caimán, Cuadernos de Cine, máster en Crítica Cinematográfica por la ECAM, colaborador en la Revista Magnolia y creador de La Butaca Azul, web que propone itinerarios y sugerencias a través del cine contemporáneo. Titulado en órgano moderno, composición y armonía, combina la actividad crítica con su trabajo como piano solista y compositor para medios audiovisuales, desde bandas sonoras para el cine hasta el mundo publicitario.