De rodaje en el XIII Festivalito de La Palma

Para los participantes del Festivalito de La Palma, todo deberían ser prisas. La noche de inspiración ha de ser justo la primera noche, cuando comienza el certamen y el lema se da a conocer. A partir de ahí, queda menos de una semana para entregar cortometraje y la contrarreloj da inicio. Y sí, los participantes trasnochan, muchos ruedan durante el día y editan durante la noche. Pero hay una extraña sensación de calma, la misma displicencia que contagian los habitantes de la isla, la sensación reconfortante de que, al final, “todo va a salir bien”. El cineasta grancanario Ado Santana, un habitual del Festivalito en el pasado, ha vuelto en esta edición con las ganas de recuperar las sensaciones de entonces y filmar de nuevo una pequeña pieza, con la limitación de los cuatro minutos máximos de metraje que plantea el concurso. El reto del cineasta es mayor aún porque debe marcharse de la isla a mitad de semana, lo que convierte las pocas jornadas disponibles en un ajustado calendario de rodaje que empieza en el segundo día y que exige comenzar la edición antes de que anochezca en el tercero. Aún no ha encontrado el título adecuado para la pieza pero parece contento con el resultado: un equipo minúsculo formado por Daniel Mendoza en el sonido y Juan Alfredo Amil como ayudante de dirección, asumiendo también otras funciones, y sus dos actrices protagonistas, Hermi Orihuela y Sofía M. Privitera, han respondido en un tiempo récord y de la manera que esperaba. Gestos que dan una idea de la disponibilidad y la eficacia de los profesionales de las islas, contagiados también por el espíritu de un festival en el que se respira una familiaridad y una camaradería fuera de lo común. En la primera toma, el director apenas realiza unas cuantas indicaciones a las actrices, reunidas en torno a la mesa de una cafetería. No hay un guión escrito, todo sucede a viva voz mientras las intérpretes escuchan. Al rodar la toma, las dos actrices ejecutan lo que ha planteado Ado Santana y su improvisación hace que la escena se cree de la nada desde una naturalidad que invita a que todo avance. Hay un momento mágico en el que el cineasta se resiste a cortar aquella complicidad entre ambas, quizá también influenciado por el prejuicio de temer que repetir las tomas y que el tiempo se eche encima. Y la historia sigue creciendo, y ellas continúan inventando y el relato se vuelve aún más grande. Pero el realizador corta finalmente y apenas puede exclamar, con un hilo de voz: “Es eso, es que es justo eso”. Y entonces siguen adelante.

Crítico en la revista Caimán, Cuadernos de Cine, máster en Crítica Cinematográfica por la ECAM, colaborador en la Revista Magnolia y creador de La Butaca Azul, web que propone itinerarios y sugerencias a través del cine contemporáneo. Titulado en órgano moderno, composición y armonía, combina la actividad crítica con su trabajo como piano solista y compositor para medios audiovisuales, desde bandas sonoras para el cine hasta el mundo publicitario.