Crónica de la Canarias Cinema del 19º FICLPGC: Buen tiempo para el cine canario

¿No les parece, a ustedes lectores, que el tiempo se ha vuelto líquido de repente? El pasado viernes 22 de abril quedaba inaugurada la decimonovena edición del Festival Internacional de las Palmas de Gran Canaria, una edición marcada por una pregunta que formulaba Cayetana Guillén Cuervo en la inauguración: ¿qué es el cine? Estas últimas dos semanas se han escurrido entre mis dedos pensando en esa cuestión por enésima vez. No es para menos, ya que el cine puede ser muchas cosas y una sola al mismo tiempo; pero esta vez la pregunta me vino edulcorada por la experiencia tan dulce que experimenté de la Canarias Cinema de este año, y de eso trata este artículo.

Voy a confesar lo que no debería decirse nunca. Pisé una vez más las salas del Multicines Monopol con un objetivo claro: descubrir por primera vez la última obra de Víctor Moreno, “La ciudad oculta”. Sin embargo, y aunque lo cierto es que dicho descubrimiento no pudo ser más positivo, la gran sorpresa me vino dada por otras películas que visioné durante ese primer fin de semana, como el primer largo de ficción de Iván López, “Platón”, o algunos de los cortometrajes que se exhibieron como “300 todo incluido” de Pablo Fajardo, “La noria” de Carlos Baena, o “Quemar las naves” de Macu Machín.

El cine canario de hoy es un niño de seis o siete años que es capaz de andar solo, armar oraciones con cierto sentido propio y construcciones sintácticas complejas, y se fascina por muchas cosas distintas en un mismo tiempo. El cine canario de hoy es un niño de seis o siete años que goza de buena salud, pero que requiere del cuidado de sus padres para seguir creciendo. ¡Ojalá crezca sano y mantenga la visión poliédrica que hoy presenta! En cualquier caso, ese niño sano se materializó a través de los cuatro largometrajes que protagonizaron la Canarias Cinema de este año. “Platón” (Iván López, 2018), “Milagros” (David Baute, 2018), “La ciudad oculta” (Víctor Moreno, 2018) y “En busca del Óscar” (Octavio Guerra, 2018) son fundamentalmente películas muy distintas, pero representantes de aquello que vuelve rica a nuestra cinematografía local: la variedad de registros y miradas. Cierto es que tres de las cuatro propuestas son piezas de no ficción, y probablemente la razón de ello esté relacionada con las mayores dificultades que existen actualmente para la financiación de un proyecto de ficción, pero hay que reconocer también que las carreras de los documentalistas canarios en general, y de los tres seleccionados en particular, gozan de un reconocimiento que traspasa nuestras fronteras gracias a la original sensibilidad y mirada con la que se aproximan a la realidad proyecto tras proyecto.

Fotograma de “Milagros” (David Baute, 2018)

No vi “Milagros” ni “En busca del Óscar” en Las Palmas; ya lo había hecho en TEA (Tenerife) en sus respectivas presentaciones, y menos mal: cuadrar la agenda de visionados de un festival puede ser una tarea cruel y tormentosa por aquello de tener que seleccionar qué ver y en qué pase. No obstante, cabría decir de estas dos películas que tienen en común una misma cosa: el acercamiento a una realidad humana concreta como extrapolación de una realidad más amplia y siempre desconocida u oculta por nosotros mismos. Así, en “Milagros” David Baute se mueve con su cámara a través de la vida de una familia que vive en una zona alta y rural al norte de Tenerife, demostrando cómo, de alguna forma, se puede superar los retos que impone la vida ante situaciones de exclusión social, no solo económicas, sino afectadas por la salud de los protagonistas. Por su parte, Octavio Guerra se aprovecha del crítico Óscar Peyrou (o al revés) para trazar una lectura ridícula de nuestra sociedad. Peyrou sobrevive profesionalmente gracias a las reglas más absurdas que reinan en la cultura contemporánea. “En busca del Óscar” muestra la errónea capitalización de los festivales de cine, se ríe de la estúpida sociedad de la imagen en que estamos absorbidos donde se prima las apariencias sobre otras cuestiones, y conmueve con la soledad de su protagonista, un ser tan llamativo como auténtico.

Escribir de “La ciudad oculta” resulta ser, quizá, tan fascinante como bucear entre sus imágenes. El visionado de la última película de Víctor Moreno obliga al espectador a dejarse arrastrar a través de los laberintos oscuros de un mundo de evocaciones cuya lectura solo viene sola, sin avisar, en el momento en que se entiende y se siente que aquello que el cineasta muestra en pantalla es una construcción lingüística de aquello que en realidad somos. Moreno arma una película que habla a través de sensaciones, y el manejo que realiza de las mismas da constancia de un maduro trabajo de guion conceptual. Como una sinfonía urbana coprotagonizada por el juego musical de Juan Carlos Blancas, “La ciudad oculta” revela al espectador quienes somos, cuál es nuestro origen, y en qué punto de nuestra historia se encuentra el devenir de una humanidad encerrada por sí misma, una sociedad que ha enclaustrado nuestro origen vivo a un submundo al que ya no llega la luz.

Lo interesante de la película de Moreno se halla en la construcción icónica de sus imágenes, fotografiadas de forma excelente por José Alayón, director de fotografía y productor al mismo tiempo del filme. Acaso no podría ser, esa “ciudad oculta” el mundo del otro lado del espejo de Alicia, o la caverna de Platón, ambos espacios irreales sobre los que se construye nuestra, precisamente, realidad. En cualquier caso, lo magistral de la película del cineasta tinerfeño está en su trabajo poético, en su profundidad filosófica, y en la facilidad con la que se muestra ante el espectador si este se deja llevar por los ríos profundos de emociones primigenias con los que, juega el cineasta por medio de su cámara. En el fondo, durante varios momentos, no podía evitar relacionar la película con uno de sus cortometrajes, “Fauna humana” (2008), en el que, de alguna manera, monta un juego similar, aunque más simple y directo que en este último largometraje.

Cerrando el capítulo de la sección de largometrajes tuvimos la ópera prima de Iván López en este gran formato. “Platón” no es una película perfecta; tiene fallos en algunas interpretaciones, como la del protagonista encarnado por Leandro González, que no convence ante la cámara, aunque resuelve, o la introducción de algunas escenas no justificadas, como son las partidas de baloncesto, que no aportan ningún matiz relevante a la construcción de los personajes y rompe el ritmo narrativo en el término final del filme. Sin embargo, “Platón” es una película hermosa, tierna, hecha con la magia de los cuentos, y el amor que transmite cada uno de los personajes que intervienen en ella. La película de López demuestra que, como dijo Guillén Cuervo en la inauguración, una de las definiciones de cine tiene que ver con la emoción. No estamos ante una historia particularmente original o sorprendente, pero sí ante una ficción que se escenifica en unos espacios que López convierte en iconos cinematográficos de inmediato, transformando algunos espacios de Tenerife en lugares reinventados y con personalidad propia. Sin duda, esta es una de las principales virtudes del filme, junto al maravilloso y sorprendente trabajo de Alba Tonini que da vida a Milena, un personaje que deberá ser guardado por la memoria audiovisual de estas islas. “Platón”, por cierto, es un cuento, un maravilloso y sencillo cuento sobre un hijo que busca a su padre, sobre dos adolescentes que buscan su lugar en el mundo.

Fotograma de “Platón” de Iván López (2018)

No quiero cerrar este texto sin mencionar a los doce cortometrajes que formaron parte de la Canarias Cinema de esta edición, uno de ellos, “Las otras camas” de Jonay García, fuera de concurso. Lo más llamativo de esta selección fue la base de títulos sobre la que estuvo confeccionada: aproximadamente más de cuarenta títulos, lo que significa, tal y como afirmó el seleccionador Víctor Rosales, un descenso del número de títulos recibidos con respecto a otras ediciones. Merece la pena reflexionar sobre este fenómeno, pero conviene mantener la precaución y la espera de observar lo que ocurra en los próximos años. En cualquier caso, como de costumbre, la selección de cortometrajes de este año funcionó a modo de pequeña muestra del cortometraje canario en general, como termómetro del cine de pequeño formato (que no calidad).

“300 todo incluido” de Pablo Fajardo fue el primer título proyectado y el que más sorpresa me generó. Corto de tono clásico, con un ajustado tono cómico y dramático, resulta especialmente destacado por su contenido de crítica social, concretamente hacia los efectos del auge del alquiler vacacional. Con unas correctas interpretaciones y una puesta en escena discreta y sin demasiadas pretensiones, el corto de Fajardo llama a anotar, una vez más, el nombre de este director que maravilló al público y a la crítica local el año pasado con su documental “El Huido” (2018).

Efecto bien distinto me produjo “Abrazo” de Shelma Zebensuí, una película con una puesta en escena arriesgada que, aunque resulta interesante y tiene un gran trabajo conceptual detrás, se convierte un tanto soporífica por su longitud (14 minutos) y el carácter repetitivo de las imágenes. Sensaciones encontradas también dejó “Hitchcock Schamann”, dirigido por Saúl Macías, Eliana Melián, Andrea Roura y Jacobo Santiago, este falso documental peca de contar con un apartado técnico de bajas revoluciones y un tono cómico que desmonta rápidamente el juego que, inteligentemente montan sus creadores.

En el caso de “REM” de Tomás A Wilhelm y “Mi profesora de salsa” de Rafael Navarro Miñón estamos ante dos cortos de tono cómico, con fórmulas muy distintas, pero que tienen en común el aprovechamiento de pocos recursos lingüísticos en su fórmula de construcción. Destacable es el caso de Navarro Miñón que, al igual que en otros cortometrajes suyos, vuelve a situarse frente a la cámara materializando la construcción de su propio personaje o persona -los límites no quedan nunca claros-. El sentido plástico, minimalista y moderno, de Navarro Miñón se vuelve reconocible en un primer momento, y ofrece, a la imagen, una especie de reencuadre que sirve para dirigir la mirada hacia el yo del cineasta. También, a base de una puesta en escena sencilla y bien planteada monta David Pantaleón su última creación realizada en el Festivalito de La Palma, “El sueño beato”, un cuestionamiento a la religión y las creencias populares que se materializa en un tono cómico similar al de otras piezas del autor grancanario.

“Lo vívido y lo vivido” de Sara Álvarez, y “Teatro de sombras” de Josep M. Vilageliu tienen en común la cuestión de lo invisible o imaginario, de lo intangible de la realidad. Si en la pieza de Álvarez aquello que se trabaja desde la realidad es el significado de los sueños, en el caso del relato de Vilageliu son los fantasmas los que modifican la lectura de lo real, de aquello que es lo que realmente es. Ambas en blanco y negro y con un trabajo actoral que guía sus respectivas líneas narrativas, los dos cortometrajes dialogaron de alguna forma en su pase de proyección, cuestionando la mirada del espectador hacia su propio mundo.

Por su parte, “Quemar las naves” se convierte en la pieza más extraña dentro de la filmografía de Macu Machín. La película se monta a partir de las imágenes del segundo largometraje de la historia del cine canario “La hija del Mestre” (Carlos Luis Monzón, 1928), lo que obliga a la cineasta grancanaria a construir su obra a partir de un ejercicio de apropiación de imágenes. Sin embargo, pese a que no encontramos el trabajo fotográfico siempre reconocible de la autora, “Quemar las naves” deja patente que el cine se hace en el montaje, y en esta parte si se reconoce a una Macu Machín que se interesa por dirigir la visión de la realidad por medio de metáforas y sonidos, en este caso prácticamente espectrales, que  centran la atención en la idea, en la tesis central del relato: aquí, la posición de la mujer, su trágicamente marcado papel en el mundo de ayer, pero también de hoy.

Metáforas visuales es lo que también caracteriza la obra en conjunto de Nayra Sanz Fuentes, y también su último cortometraje “En esas tierras”. La pieza, de la que ya se ha escrito en este medio en otras ocasiones, ofrece un enriquecedor relato que reflexiona sobre el devenir de las sociedades a lo largo de la historia, de su relación con el espacio físico, y de la inmutabilidad que presenta en determinados rasgos. Sin duda, lo más llamativo de “En esas tierras” es la relación naturaleza-humanidad, que cuestiona, de algún modo, aquello de animal que queda en nosotros mismos.

Cerrando esta sección de cortometraje solo queda por hablar de “Las otras camas” (Jonay García, 2018) y “La noria” (Carlos Baena), las dos propuestas, junto a “300 todo incluido”, con un lenguaje más clásico y reconocido para el espectador general. Si bien de “Las otras camas” ya se ha señalado en otras ocasiones elevado tono clásico en algunas partes, esa sensación de cumplir a la perfección con la fórmula canónica de “cortometraje”, en “La noria” por otra parte, sorprende el elaborado trabajo técnico y artístico que queda marcado por una imagen de animación cuasi realista en algunos detalles, pero que solo consigue resaltar el texto onírico sobre el que se asienta una historia de cuento infantil, de pequeñas enseñanzas humanas, como la destrucción del miedo a lo desconocido.

De esta forma, la Canarias Cinema de esta diecinueve edición mostró un estado de salud positivo en el cine local, más si tenemos en cuenta los proyectos que esperamos para los próximos años, como el primer largometraje de Miguel Ángel Mejías, “La viajante”, a punto de salir del horno, o el paso al largometraje de cineastas ya consagrados en el mundo del corto como Macu Machín o David Pantaleón. Cabe esperar, por otra parte, una oleada de nuevos cineastas, que por cuestión de olas generacionales debería ir entrando con fuerza, como ya lo ha hecho Tomás A. Wilhelm o Pablo Fajardo desde hace unos años. Vivimos un tiempo de esperanza para nuestra cinematografía local.

El tiempo corre, muy deprisa, sin ser visto, sin poder ser retenido, como el agua que cae con fuerza por una catarata. El tiempo se vuelve líquido, como advertía con sabiduría Zygmunt Bauman, y ahora apenas hay momentos para detenerse a leer, escuchar música o escribir, pero el cine, el bendito cine, siempre será la escusa perfecta para intentar poner una pausa eterna al tiempo. En el fondo, como señaló también Cayetana Guillén Cuervo, el cine tiene esa facultad magnífica de atrapar gotas de nuestro tiempo, miradas de aquellos que ya no nos acompañan, palabras nacidas para nunca dejar de ser escuchadas. El cine, ¡ay el cine!, esa poderosa máquina de sueños, ese inimaginable congelador del tiempo. En un suspiro el FICLPGC cumplirá su segunda década. Hasta entonces, disfrutemos de las imágenes que fluyen congeladas como glaciares a través de la pantalla.

Palmarés de la Canarias Cinema

Premio Richard Leacock al Mejor Largometraje – “La ciudad oculta” de Víctor Moreno

Premio Richard Leacock al Mejor Cortometraje – “300 todo incluido” de Pablo Fajardo

Mención especial – “En busca del Óscar” – Octavio Guerra

Premio Digital 104 Film Distribution – “Mi profesora de salsa” – Rafael Navarro Miñón 

 

En 2011 creó la web sobre cine  www.esenciacine.com. Acompaña su actividad docente como profesor de Lengua Castellana y Literatura con el periodismo cinematográfico y la investigación sobre distintas cuestiones relacionadas con el audiovisual canario. Desde 2017 dirige Alisios. Revista del audiovisual canario y programa cine canario dentro de la programación de la iniciativa cultural Charlas de Cine que se realiza en Multicines La Laguna (Tenerife).