XIII Muestra de cine de Lanzarote (2023)

En la escena final de No esperes demasiado del fin del mundo (Radu Jude), una larga toma de más de veinte minutos de duración, lo que parece un spot sobre seguridad laboral se acaba convirtiendo en una salvaje tergiversación de la realidad en favor de los intereses empresariales. La tensión se acumula en el plano, también la desesperanza, conviven en ella diversas tensiones políticas y también el lenguaje de las multipantallas, la necesidad de representación para disfrazar las intenciones reales de la empresa y la humillación a la que se ve sometida la clase obrera alrededor de ese circo económico, tecnológico y político.

Podría decirse lo mismo de la Muestra de cine de Lanzarote, un espacio en donde también conviven la reflexión política, la dimensión económica del mundo y también el debate sobre las imágenes. Un inusual espacio para el pensamiento y para la convivencia, consciente de que la única forma de hacerlo es a través de la comunidad: hay pocos festivales en el mundo que hayan encontrado este hermoso y delicado equilibrio entre la libertad de pensamiento, la invitación a la reflexión y el espacio necesario para que la intimidad entre los invitados pueda surgir y forjar relaciones sinceras que enriquezcan el debate y conviertan el encuentro en una auténtica experiencia.

Desde que Javier Fuentes se hiciera cargo de la dirección artística de la Muestra, el certamen se ha centrado cada año en un tema esencial que configura la identidad de la isla de Lanzarote, tomando la emigración como punto central de la edición. La estructura general se sigue manteniendo: una sección “Trasfoco” centrada en ofrecer puntos de vista sobre el tema central del festival (¡con más de veinte piezas escogidas!), “Cruce de caminos”, en donde se rescatan algunos de los trabajos más sugerente del cine hecho en Canarias (con cinco piezas escogidas), sesiones educativas y familiares y un premio honorífico que, este año, fue dedicado a la Escuela internacional de cine y televisión de San Antonio de los Baños, en la isla de Cuba, escuela con una larga tradición que ha acogido a no pocos creadores audiovisuales del panorama español más reciente.

El elemento central en torno al cine lo volvía a encarnar la Sección Oficial, compuesta nuevamente por cinco títulos y que, en palabras de la propia Muestra, “tensan nuestra relación con el cine, pero también con la realidad, construyendo puntos de vista que amplían y enriquecen nuestra percepción de las cosas”. La primera de estas películas era el mencionado nuevo largometraje del rumano Radu Jude, auténtico virtuoso que parecía haber tocado el techo de su domino del audiovisual con su poderosa No me importa que pasemos a la historia como unos bárbaros (2018), revisión histórica del pasado de su propio país, pero el delicado, rabioso, eléctrico, finísimo ejercicio que propone con No esperes demasiado del fin del mundo casi se diría superior por la cantidad de temas que abarca, la manera en la que lo hace y la pertinencia de esos temas en el mundo contemporáneo. La película de Jude, que venía de ganar la Sección Oficial del Festival de cine de Gijón apenas dos semanas antes, recibía también una mención especial de mano del jurado de la Muestra. Fiel a su socarrona forma de ser, de entender el mundo y de relacionarse con los demás, Jude respondía a la mención enviando un meme como manera de agradecer el premio.

El premio a la mejor película fue para Malqueridas, de la chilena Tana Gilbert (única pieza dirigida por una mujer presente en la Oficial), ofrecía un sobrecogedor testimonio de varias presas en Chile que habían sido madres y que intentaban, mediante grabaciones clandestinas con sus teléfonos móviles, guardar el testimonio de su paso por la cárcel y de los días difíciles que pasaban sin poder ver a sus pequeños. Gilbert solo contaba con las imágenes tomadas por las presas para armar el relato, lo que podría haber supuesto una limitación narrativa. La cineasta, sin embargo, unifica los testimonios en lo que parece una sola voz y convierte las grabaciones pixeladas y a veces ininteligibles de los dispositivos móviles en una poderosa arma política, capaz de darle voz a todo un colectivo y otorgando poder de nuevo al cine como herramienta comunicante de un presente que parecía haberle dado la espalda. El discurso de la realizadora es tan potente y coherente en la pantalla como fuera de ella: su coloquio con el público de Arrecife fue tan conmovedor, honesto y comprometido como el material de la propia película.

Había algo necesariamente incómodo en las imágenes de Malqueridas. No era solo la sensación de asistir a imágenes clandestinas, prohibidas, que se alzaban con voz propia. Era la manera de denunciar una situación concreta a través de las imágenes. Revestirlas de ternura, o buscar una cierta belleza estética, hubiese supuesto un fracaso. Ocurría algo parecido con la francesa Obscure night – Goodbye here, anywhere (Sylvain George), emparentada con su anterior Obscure night – Wild leaves (The burning ones, the obstinate, 2022), que filmaba a un grupo de jóvenes en la frontera de Melilla, los acompañaba y casi se convertía en uno más de ellos. La duración de la cinta, todo un desafío de tres horas, estaba también diseñada para incomodar como otro gesto político más, otro que te negaba la posibilidad de desviar la mirada, de negar la existencia de aquellos niños en ese no-lugar, desprovistos de todo futuro posible. Serpentear y dar vueltas en círculos con el montaje de las imágenes era también otra estrategia con la que poder sacudir conciencias.

La Palisiada (Philip Sotnychenko) también pretendía sacudir conciencias, pero esta vez a través de su aparato formal. Una película que recrea la moratoria de la pena de muerte en Ucrania durante los años noventa, justo antes de que suceda la última de las condenas. El juego con la violencia de las armas tiene su eco también en la violencia de algunas imágenes, que dialoga de frente con la situación bélica actual en la que está sumida el país. Y también resonaba otro eco con aquella última escena del filme de Radu Jude que daba inicio a este texto: los detectives de la película intentan reconstruir el asesinato de un compañero para filmar su testimonio, pero recrear lo ocurrido parece imposible. La obsesión por esta cuestión parecía dialogar con la imposibilidad de la imagen como discurso político en un presente en el que nos hemos acostumbrado a la devaluación de unas imágenes que se publican en redes y se borran una vez pasadas veinticuatro horas, que han perdido toda su capacidad comunicante. La Palisiada hablaba del temor hacia el mundo moderno, se preguntaba si el cine aún podía hacer algo por él. Malqueridas funcionaba como un reverso de todo eso, Tana Gilbert es una humanista que aún cree en el poder de las imágenes.

Cerraba la Sección Oficial La invención del otro (A Invenção do Outro, Bruno Jorge), que testimonia el primer contacto del mundo moderno con una tribu amazónica, en el desempeño de una organización brasileña por preservar a la tribu con la mínima intervención posible del exterior. La película era un hermoso testimonio de ese encuentro, un fascinante documento antropológico que revela la importancia del sonido y del canto para transmitir las emociones de los individuos de la tribu, y se filtraban también algunas de sus costumbres que interpelaban a tantas otras de la sociedad contemporánea. La cinta, sin embargo, caía también en un importante problema ético en la forma de acercarse a ese “otro” que anuncia su título. Se echaba en falta una cierta reflexión sobre la mirada colonial que las imágenes imprimían sobre aquellas personas de manera inevitable, especialmente cuando el cineasta abandonaba el formato tradicional del documental y arrojaba la película a un preciosismo estético donde la cámara lenta y la música extradiegética se adueñaban de la pieza.

Lo más hermoso de la Muestra es que todas estas cuestiones podían ser dialogadas con los propios cineastas, y el jurado de la Sección Oficial (compuesto por Garbiñe Ortega, María Abenia e Irina Raffo) tuvo la generosidad de aceptar, como ya es tradición en la muestra, una deliberación de los premios abierta al público, participativa y enriquecedora en la que las tres propusieron su particular punto de vista y se ofrecía un espacio a la réplica también para los espectadores. Esta iniciativa de la Muestra, que a priori podría sonar algo violenta, se ha convertido en uno de los grandes momentos de la temporada para poder dialogar, poner en común y seguir pensando el cine. Lo permitía el entorno del certamen, que se encargó durante todos esos días de que los invitados se sintieran parte de la familia, en profunda sintonía con el entorno y con la isla que les acogía.